Tinta que corre entre ríos, nadie la ve, nadie la siente, nadie la oye, sólo peces de colores, encerrados en almohadas, creen que están protegidos, pero ya no hay hadas en las almohadas, y poco a poco mueren entre bostezos...
Aunque nuestras pisadas nunca dejaron huella, jamás paramos de caminar...
Olvidar pintar las baldosas de amarillo, fue nuestro gran error, Tuvimos que inventar rutas al exilio, para esconder los recuerdos y guardar las estrellas.
Aquel día el cielo se suicidó... y lloraron nanas.
Hubiese sido imposible desprenderme de él. Su aliento melancólico, me ató a sus silencios, crueles, letales y seductores. Volcamos cada copa, cada amanecer... Rasgamos el sueño, confundimos al placer.
Resultó que las lágrimas no le hacían volar, tengo miedo del aquel quizás, puede ser la culpa..., culpa de la metodología del continuará, ardió Roma, luego llovieron cuentos, pero ya no quedaban hadas, sólo sobrevivieron las luces de neón, las redes de asfalto, y el manual de la desconfiguración...
Cuando se le gritó al prisionero que se marchara, Estocolmo se aprisionó de él, le regaló flores, pensamientos, todos los retratos se atrofiaron, dentro se publicaron treguas,
No hay que leer entre los espacios de las palabras, recuerda, mis ausencias cristalinas, escenas oníricas entre gemidos, causa de nacientes vuelos enfermizos.
Arrastrarme en mil paletas... para llegar al estado puro de enajenación.